Source: Fast fashion y Responsabilidad Social Corporativa: Tragedia y esperanza: el fast-fashion y la Responsabilidad Social Corporativa | TELVA

Este domingo, Jordi Évole afrontaba en una nueva entrega de Salvados la quimera del universo fast-fashion: te invitamos a que te introduzcas en el fenómeno que ha transformado la industria de la moda y albergues la esperanza de que hay una alternativa a este modelo devastador. Hemos planteado la disyuntiva a los expertos: ¿Nos gusta la moda de usar y tirar? ¿Podemos permitírnosla? Y la respuesta es no.

 Stella McCartney

Foto: Stella McCartney

Backstage de Stella McCartney, diseñadora eco-friendly y activista en contra del fast-fashion.

¿Qué es el fast-fashion?

El fenómeno responde a un nuevo sistema implantado en la industria de la moda en el que desaparecen las temporadas tradicionales (otoño-invierno y primavera-verano) y se instala un calendario frenético de producción non-stop en el que, prácticamente, cada semana tenemos nuevo producto en rotación, disponible en el punto de venta, listo para consumir. Las tendencias cada vez son más volátiles y efervescentes generando una espiral de producción voraz, progresiva y devastadora. Esto impacta directamente en nuestra forma de consumir:  en la actualidad, compramos un 400% más de ropa (prendas) que hace 20 años. ¿Por qué? La deflación de los precios de la ropa en estos últimos 20 años es un hecho; la moda ha pasado a ser considerada un producto desechable: más barata, menos duradera y viceversa.

Piénsalo, si antes comprabas cuatro camisetas al año porque eran las que podías permitirte; las que podías necesitar… ¿Cuántas compras ahora? ¿Qué ha cambiado? ¿Eres más rico? ¿Tienes de verdad la sensación de que tu poder adquisitivo ha aumentado? Al contrario de lo que pueda parecer, el apogeo delfast-fashion es sólo una prueba más de que eres -lo lamento- más pobre: está vinculado a la desaparición de la clase media, y si te detienes a analizar su idiosincrasia estarás de acuerdo conmigo.

Si crees que esta “democratización de la moda” y el aumento del consumo en sí mismo no es un problema, estás en lo cierto, pero… ¿Cómo se estructura este titán? ¿Qué supone la puesta en valor de la cultura de lo efímero?

En la última década, la posibilidad de adquirir cosas que realmente necesitas -los bienes que compras con una función específica y con una expectativa de durabilidad; los auténticos indicadores de bienestar (vivienda, estudios…)- es más remota, sencillamente, porque esos bienes no se encuentran al alcance de todos; son más caros si los ponemos en connivencia con los salarios de la Generación Y (1980-2000), la Generación del Milenio.

Sin embargo, los bienes superfluos, que no cumplen necesidades básicas ni tienen la pretensión de perdurar en el tiempo, son cada vez más baratos, y se sitúan al alcance de la mayoría, generando una sensación de “democratización” en el consumo. La pregunta es: ¿puede permitirse la ropa convertirse en un bien de esta naturaleza? La respuesta es no.

¿Cómo se estructura el fast-fashion?

Comenzó hace quince o veinte años, pero es en la última década en la que experimenta un volumen de crecimiento exacerbado. El modelo se dispara con los hábitos de la generación millennial, la que según los expertos ha padecido e interiorizado la crisis de valores y está abocada a resolver todos sus conflictos a través del consumo. Especialmente, a través de la adquisición de tres bienes que forjan su estatus deluxe entre los que destacan: viajes, moda y comida orgánica, tres categorías que definen el paradigma actual del “estilo de vida” cool.

Añada a la mezcla la externalización; las prerrogativas de la producción globalizada. En los años 60, el 90% de la ropa que se consumía en Estados Unidos se producía en el propio país; en 2015 el 97% se produce fuera. ¿Por qué? Cuanto más se externaliza la producción a economías de bajo coste -países en vías de desarrollo que no cumplen con los mínimos de justicia social ni con los estándares laborales occidentales- más barata es la ropa que compramos; más ropa consumimos y mayor es el beneficio de las grandes corporaciones. Pero a pesar de que el precio del producto final a los consumidores nos parece un chollo, el coste social de esa camiseta o ese par de vaqueros es astronómico.

 Livia Firth

Foto: Livia Firth

Livia Firth

Livia Firth, fundadora y directora creativa de Eco-Age, una consultora verde especializada en sostenibilidad incide en la quimera del modelo en el espléndido documental The True Costde Andrew Morgan: “Existen estas grandísimas compañías que solicitan a las fábricas de Bangladesh un millón y medio de vaqueros a 30 y 50 céntimos. Este modelo, el de la producción rápida, tiene consecuencias: los trabajadores son los estrujados por la voracidad y la velocidad de la cadena de suministro generando injusticia social e impacto mediambiental. La pregunta es: ¿Cómo puede ser esto ético? Y por otro lado, ¿es democrático comprar una camiseta por 5 dólares y un par de vaqueros por 20? ¿O nos están tomando el pelo haciéndonos creer que podemos comprar lo que queramos, que somos ricos y pudientes, cuando en realidad nos están haciendo más pobres y los que se enriquecen son las compañías de las marcas fast-fashion

Los talleres de la miseria, el capital humano y la crisis de valores

El Gobierno camboyano, como muchos de los gobiernos de países en vías de desarrollo -especialmente los del Sudeste Asiático- necesita desesperadamente el negocio de estas multinacionales. Ante la amenaza de que las compañías fast-fashion deslocalicen la producción a otros países con costes más bajos, evitan sistemáticamente aplicar la legislación laboral local y mantienen los salarios bajo mínimos.

Es ese precio hipercompetitivo el que obliga a unos recortes insaciables. La industria de los países en vías de desarrollo renuncia a las garantías y los estándares laborales; a la justicia social y la salvaguardia y cumplimiento de los derechos humanos… Todo para hacerse con una transacción comercial que necesitan para subsistir -una oportunidad de negocio irrenunciable para generar empleo y riqueza-. Sin embargo, las carencias de la cadena de suministro las soportan los más vulnerables.

Las marcas fast-fashion en la inmensa mayoría de los casos no poseen las fábricas en las que producen ni contratan a los operarios; su negociación finaliza con el proveedor y es así como consiguen enormes beneficios exonerándose de cualquier tipo de responsabilidad (violencia contra los trabajadores, infracondiciones en los talleres miseria, impacto medioambiental, abolición de los derechos de asociación, opresión a los sindicatos, desprotección e inseguridad, supresión de bajas de maternidad y pensiones… Empobrecimiento masivo).

El fast-fashion es la quintaesencia del capitalismo de consumo, el materialismo elevado a la enésima potencia; lo que genera una brecha cada vez mayor entre Occidente y el resto del mundo; la propulsión de la desigualdad y la exterminación del desarrollo sostenible.

En este contexto, en abril de 2013 se derrumba un edificio -tótem fast-fashion- de 8 plantas en Dhaka, la capital de Bangladesh, arrebatándole la vida a 1129 personas. Bangladesh es el segundo exportador de ropa más importante del mundo después de China, cuenta con más de 4 millones de personas trabajando en 5.000 fábricas donde el 85% son mujeres y no cobra más de 3 dólares al día.

Se estima que una de cada seis personas que trabajan en el mundo tiene una relación con la industria de la moda y que ésta mueve casi 3 billones de dólares por ejercicio. El caso del Rana Plaza destapaba la realidad que sucede en los talleres de la miseria y culminó la sucesión de tragedias más importantes de la historia de la industria de la moda (Ali Enterprises, 289 muertos y Tazreen Fashion 112 muertos); sin embargo, el año siguiente, 2014, fue el más rentable de la historia del sector. ¿Una industria que genera este volumen de beneficios no puede garantizar la seguridad de sus trabajadores? ¿Cómo, en 2016, la batalla por el beneficio más alto y el coste de producción más bajo, en un contexto global, puede ser más importante que el valor de la vida de las personas?

 Amber Valletta, green curator de Yoox

Foto: TELVA

Amber Valletta, green curator de Yoox

El impacto mediambiental del fast-fashion:

¿Sabías que la moda es la segunda industria más contaminante de la Tierra? Por detrás de ella, sólo se encuentra la del petróleo; sin embargo, a diferencia de ésta, en el caso de la moda el consumo insostenible de recursos naturales y el impacto medioambiental, apenas se miden. Algunos datos:

– Un norteamericano medio tira unos 37 kilos de residuos textiles al año.

– Sólo el 10% de la ropa que donamos se vende en puntos de venta locales. La mayor parte termina en países en vías de desarrollo como Haití donde desaparece la producción local de moda y cuajan los talleres miseria con producción externalizada de países del primer mundo.

– El Ganges, el río sangrado de India, es muy importante para 800 millones de hindúes y vital para la economía del Norte del país. Actualmente, está siendo contaminado y aniquilado por las fábricas de cuero barato de Kanpur. Cada día se derraman 50 millones litros de residuos de los curtidores. Los químicos pesados como el cromo 6 llegan hasta las granjas locales a través del suelo y los productos agrícolas que se cultivan e incluso al agua potable, afectando irremisiblemente a la salud de todos los locales.

La esperanza: La Responsabilidad Social Corporativa y el modelo eco-friendly

La proliferación de los departamentos de Responsabilidad Social Corporativa y los fichajes verdes en las plantillas de las grandes corporaciones pretenden dar una respuesta a esta problemática compleja y resolver el conflicto de intereses que plantea el modelo fast-fashion. Sin lugar a dudas, requiere de una revolución de valores y precisa una regulación jurídica internacional.

El primer paso, consiste en estos modelos conductuales -y voluntarios- de las compañías para comenzar a atajar el problema. Por ello, para entender cómo llevar a cabo la transición del modelo low-cost a la puesta en valor de la sostenibilidad y en qué punto se encuentra la industria del sector dentro de este proceso, contamos con Iranzu Sainz de Murieta, consultora de innovación social en SINNPLE e Iván Bazán, responsable del Programa de Innovación Social, Sostenibilidad y Reputación en Empresas de Moda del ISEM, pionero en esta materia.

IVÁN: “Viví durante cinco años en Bangladesh trabajando para grandes grupos textiles. Fue una experiencia, personal y profesional, que marcó mi vida. Conocer el backstage del fast fashion en un país con tantas luces y sombras, me hizo concienciarme de la importancia de trabajar en el sector desde otra perspectiva. Ahora puedo aportar mi experiencia y contribuir a la formación y al desarrollo de un conocimiento que sirva de motor del cambio que necesita la industria. El mercado está ante un cambio de paradigma; se encuentra con un nuevo consumidor mucho más informado, gracias a las nuevas tecnologías e Internet; empoderado, gracias a su capacidad de influir a través de las redes sociales, y concienciado en todo lo referente al medio ambiente. Por esta razón, demanda a las empresas una mayor implicación y gestión ética, tanto dentro de su cadena de valor, como en sus relaciones con todos los grupos de interés o stakeholders”.

Respecto al impacto medioambiental y la situación de inseguridad que se vive en los talleres miseria del Sudeste Asiático. ¿De quién es la responsabilidad? ¿De las grandes corporaciones? ¿De los gobiernos? ¿De los consumidores?

IRANZU: “Es un tema muy complejo, en el que no se puede achacar la responsabilidad a un único actor. Todos estamos haciendo algo mal, empresas, gobiernos y consumidores. Y lamentablemente, no es exclusivo del sector de la moda. Quizá sea el más “visible”, pero no el único. Lo importante es emprender proyectos para intentar solucionarlo; buscar el cómo y no quedarse parado con sensación de impotencia ante la situación. Debe jugar un papel fundamental la colaboración entre las empresas y las sinergias de éstas con los agentes sociales. Es un problema común, cuya solución debe orquestarse de la cooperación entre todos”.

IVÁN: “En países como Bangladesh, con tasas de crecimiento sostenible durante los últimos años del 6%, donde el sector del “apparel” representa el 80% del total de sus exportaciones y genera empleo directo a más de 4 millones de personas; es cierto que la industria de la moda ha contribuido a su desarrollo. En un país con más de 160 millones de habitantes, el tener una industria intensiva en mano de obra, ha permitido a muchas familias, no sólo salir del umbral de pobreza, sino participar de la creación de una clase media que poco a poco está creando otras industrias que permiten diversificar la economía. No obstante, estamos de acuerdo en que queda mucho camino por hacer; todos los grupos de interés llevan años trabajando desde muchos ámbitos (económico, social, político..etc.) para mejorar el sistema. El fast fashion, como modelo de negocio basado en el paradigma low-cost y altos volúmenes, tiene un gran reto por delante. Estoy convencido de que puede hacer que su cadena de suministro sea sostenible apoyada por otras iniciativas como la economía circular, la trazabilidad y el upcycled clothing; que pasemos de un concepto low-cost a la puesta en valor de la sostenibilidad”.

¿Cuáles creéis que son las problemáticas prioritarias que deberían atajarse a corto y largo plazo?

IRANZU: “Recientemente, el Sustanaibility Accounting Standards Board (SASB), una organización independiente sin ánimo de lucro, ha definido a nivel internacional los temas más críticos en el ámbito de la sostenibilidad y los derechos humanos relacionados con la industria de la moda. En concreto:

1. Gestión de los químicos en los productos: seguridad de producto.

2. Origen de las materias primas e innovación.

3. Condiciones laborales en la cadena de suministro.

4. Impactos medioambientales de la cadena de suministro.

En estas áreas se plantean grandes retos y para encontrar una solución sostenible no deben ser abordadas desde una perspectiva meramente económica, sino que también ha de considerarse su dimensión social y medioambiental. Es un camino largo y queda mucho por hacer, tendremos que ver cómo aceleramos el paso, pero estamos en marcha”.

¿A quién beneficia más la falta de transparencia/desinformación relativa al universo fast-fashion? ¿Hemos hecho oídos sordos los consumidores?

IRANZU: “La falta de transparencia no beneficia a nadie, a ninguna persona ni a ninguna industria. Todo el mundo empresarial y social está avanzando hacia una mayor transparencia, demandada por los propios trabajadores y por la sociedad. Es un cambio muy positivo que está ayudando a mejorar la gestión de las organizaciones y en el que éstas, son las principales interesadas; es la única manera de combatir el green-washing por el que algunas entidades se presentan como sostenibles, cuando realmente no lo son”.

Así que somos conscientes del impacto de nuestro consumo…

IRANZU:Estamos empezando a ser conscientes del impacto de nuestras decisiones de compra. En los últimos años, la figura del “consumidor responsable” está ganando peso si bien hay estudios que afirman que es una tendencia creciente, y otros que por el contrario sostienen y demuestran incoherencias. Cada vez hay un número mayor de personas que se interesan por temas sociales y ambientales y que lo manifiestan en su proceso de compra. No sólo está pasando en el sector de la moda, sino en otros muchos sectores: las empresas que sepan dar respuestas convincentes a estas cuestiones tendrán una ventaja competitiva significativa”.

Es, por esta razón, por lo que hay una puesta en valor real de la RSC por parte de las empresas del sector…

IRANZU: “Es un ámbito de gran preocupación, prueba de ello es la importancia creciente que está cobrando en las principales escuelas de moda internacionales. La triple sostenibilidad -económica, social y ambiental- gana cada vez más peso y es más importante a la hora de tomar decisiones de índole empresarial. Son áreas de gran impacto en las que es necesario que las empresas desarrollen actuaciones innovadoras que permitan solucionar los problemas generados por la actual forma de trabajar”.

IVÁN: “El empoderamiento del consumidor ha permitido invertir las fuerzas del mercado, haciendo que la transparencia sostenible sea un valor clave cada vez más en alza que impacta sobre las decisiones estratégicas de las empresas. Es más importante que nunca. Detrás de la RSC y de la innovación social se encuentra algo tan crucial como la creación de valores intangibles. Las empresas del sector están posicionando sus marcas sabiendo que el consumidor da cada vez más importancia a la sostenibilidad y a la reputación. En un futuro, no muy lejano, la sostenibilidad será un valor intangible que el consumidor verá normal; será un requisito básico,  un mínimo esencial… El consumidor no lo premiará, pero sí castigará a aquellas marcas que no lo posean. Las compañías que no sean capaces de desarrollar una cultura de innovación sostenible se quedarán fuera del mercado. Las empresas son conscientes de la importancia que ha adquirido este tema y comienzan a demandar perfiles con formación específica. Saben que, tarde o temprano, tendrán que crear un departamento específico que trabaje, transversalmente, alineando sus estrategias en innovación social con el resto de departamentos. Precisamente, en el programa en el que estamos trabajando en ISEM, vamos a estudiar casos reales, pero además la formación concluirá con un viaje de una semana a Bangladesh, donde los participantes conocerán, sobre el terreno, la cadena de suministro global y todas sus implicaciones”.

Como decía Stella McCartney -diseñadora de moda sostenible-, la solución colectiva pasa precisamente por el empoderamiento del consumidor: “Si los clientes dejan de comprar moda a empresas no-sostenibles, las dejarán sin trabajo”:

IRANZU: “Efectivamente, están surgiendo movimientos y entidades muy interesantes que reclaman otra forma de hacer las cosas en el sector moda. Es significativo el caso del slow fashion, que reclama otra forma de producir y otra forma de consumir. Son movimientos muy positivos para el sector, porque dan relevancia a temas que son cruciales por su impacto social. El hecho de empoderar al consumidor, que éste tenga más información, siempre es positivo. Hay que velar por la veracidad de esa información, porque no esté manipulada, y ahí, la transparencia de las empresas juega un papel fundamental”.

 

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